
Hay una magia especial que no llega con fanfarrias, sino con risas sinceras y los primeros sonidos. Ocho meses. Parece solo un instante en la escala de la eternidad, pero ella ya domina el arte de manejar la habitación sin decir una palabra. Bueno, casi sin palabras. Últimamente se ha convertido en una verdadera oradora.
Dicen que el tiempo es un contable estricto. Pero al observarla, me inclino a pensar que es un mecenas mucho más generoso. Ella colecciona vocales como sellos raros, intercambia sonrisas por atención y demuestra a diario que el encanto y la inteligencia no son solo genes, sino una habilidad perfeccionada. Y en esto, es claramente una niña prodigio.
NUESTRA hija. Ocho meses de milagro absoluto, sin diluir. Es inteligente, habladora y ya ha entendido la verdad principal: la belleza no reside en la simetría de los rasgos, sino en la luz que brilla en los ojos.
Que el mundo continúe con sus interminables negociaciones y prisas. Yo elijo las lilas, el balbuceo infantil y el triunfo silencioso de un momento simple. Felices ocho meses, pequeña. Los capítulos más interesantes aún están por venir.
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