Existían en Moscú dos socios, propietarios de una empresa armamentística con buenos volúmenes. Los negocios iban viento en popa, nadie formalizaba legalmente la salida de situaciones conflictivas ni de la sociedad. Vivían sin preocupaciones, ganaban dinero, todo era genial.
Pero esta historia no habría visto la luz si no hubiera ocurrido lo siguiente:
Llegó una oferta de un gran jugador, querían comprar su empresa. Un socio estaba dispuesto a vender la compañía, el otro estaba decidido a convertirla en un gran jugador por sí mismo. Al final, como se dice, la codicia arruinó al ingenuo.
Como resultado, comenzó una confrontación entre los socios, uno intentaba expulsar al otro del negocio, cada uno veía el desarrollo futuro de la empresa a su manera. Los milagros no existen en este mundo, así que mientras había disputas en la cúpula, el negocio comenzó a decaer, dejando a ambos sin empresa y con un odio eterno el uno hacia el otro.
Ninguno de ellos logró construir algo similar en escala e ingresos, viven una vida muy mediocre, recordando a menudo esa situación.
La moraleja de esta fábula es muy simple: Si te asocias, no solo fijes las participaciones y la información básica, sino también la salida del negocio, la resolución de situaciones conflictivas y las opciones de acción cuando se agoten todos los compromisos, porque ninguna asociación estará exenta de crisis.
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