Si lo traducimos al lenguaje empresarial, es simplemente una revisión profunda antes de una transacción que responde a tres preguntas principales: quién, qué y con qué se arriesga.


Primero, observamos al sujeto y averiguamos quién está realmente detrás de la transacción, buscamos a los beneficiarios reales detrás de los directores nominales y verificamos si el vendedor arrastra un rastro de quiebras, conflictos corporativos o sanciones personales y casos penales.

Luego, diseccionamos el objeto de la compra y entendemos qué es exactamente lo que pasa a sus manos, separamos las presentaciones bonitas de la realidad y vemos si realmente la empresa posee ese código de software, si la propiedad inmobiliaria se construyó legalmente y si los activos no están pignorados en el banco por tercera vez.

Y lo más importante, evaluamos la apuesta en este juego, porque la cuestión de con qué riesgo corre el inversor no siempre es una cuestión de perder el dinero invertido; en la realidad rusa, puede ser el riesgo de responsabilidad subsidiaria por las deudas de la empresa comprada, ajustes fiscales por años anteriores o la perspectiva de un proceso penal.

Así que nada de misticismo, solo trabajo con documentos y registros, que convierte la incertidumbre en un plan de negocios comprensible y salva su capital.