
Aquí está: la comedia romántica rusa que no da vergüenza ver. Reseña de «Vuelves loco»: una historia fantástica de amor a través del espejo y la magia de San Petersburgo. Daría Lébedieva filmó lo que le faltaba al cine nacional.
«Vuelves loco» es ese caso en el que uno quiere exhalar con alivio y decir que nuestros cineastas por fin lograron hacer una comedia romántica de verdad, que no aprieta con lágrimas ni hace sonrojar de vergüenza ajena (bueno, casi). La ópera prima de Daría Lébedieva es una comedia romántica fantástica ligera, con alma, corazón y esa magia que alguna vez nos regalaron «La casa del lago» y «Ghost».
Alisa (Mila Yershova) es una chica modesta atrapada en una relación con un jefe casado que intenta mudarse a un amplio apartamento en San Petersburgo. En el mismo apartamento quiere instalarse Iván (Yuri Nasonov), un ruidoso barman que llena su vacío interior con fiestas y relaciones casuales. En la cita con la agente inmobiliaria fingen ser pareja, pero tras una pelea la realidad se parte en dos como un espejo roto. Ahora cada uno vive en su versión del apartamento, pero ve y oye al otro a través del espejo del baño: una ventana a una realidad alternativa.

El planteamiento argumental es dolorosamente conocido, pero precisamente ahí reside su encanto. Lébedieva no intenta inventar la rueda: toma la fórmula probada de «los opuestos se atraen» y le añade realismo mágico. El elemento fantástico sirve como metáfora de la soledad interior de los personajes. El espejo no solo refleja sus rostros, sino también sus almas: la paciente Alisa, que vive en la posición de amante eterna, y el ruidoso Iván, incapaz de quedarse con una sola mujer por el dolor que lleva dentro.
Quizás el mayor acierto de esta película sea la atmósfera. Cada versión del apartamento se convierte en un pequeño universo de sus personajes: la silenciosa depresión de Alisa susurra a la luz de las lámparas y en la suave comodidad de los cojines del sofá, mientras que la ruidosa desesperación de Iván estalla en el tintineo de las copas de interminables fiestas y en los rayos de brillantes letreros de neón. Y San Petersburgo es aquí el tercer personaje por derecho propio, con sus puentes que se abren hacia diferentes orillas, como dos universos paralelos. La ciudad nocturna, los malecones brumosos, los antiguos apartamentos con techos altos: todo crea la sensación de un cuento de hadas en el que crees.

El director de fotografía Valeri Majmúdov capta sutilmente ese equilibrio entre realidad y magia, sin caer ni en una imagen empalagosa ni en un naturalismo sombrío. La cámara parece enamorada de San Petersburgo, y ese enamoramiento es contagioso (personalmente, incluso recordé cómo me enamoré de esta ciudad y decidí vivir en ella a toda costa).
Mención aparte merece Mila Yershova. Su Alisa es una persona real en la que conviven timidez y fuerza interior, inseguridad y disposición al cambio. Yershova actúa con mesura, sin estridencias, pero logra transmitir toda la gama de vivencias de su personaje, desde la silenciosa desesperación hasta la tímida esperanza. En su interpretación, Alisa no provoca lástima, sino simpatía.
Yuri Nasonov como Iván también está bien. Su personaje podría haberse convertido fácilmente en un macho irritante (y lo es durante gran parte del metraje), pero Nasonov encuentra en él vulnerabilidad y sinceridad. La química entre Yershova y Nasonov no es la más convincente, pero en general hace que te preocupes por los personajes y creas en sus sentimientos. Esto se logra especialmente en la escena musical central con el éxito principal del artista independiente tima ishchet svet: no en vano el episodio ya se ha difundido en fragmentos por las redes sociales.

«Vuelves loco» es, en general, una película muy musical. Además, la banda sonora no presiona las emociones, no indica cuándo llorar ni cuándo sonreír: simplemente crea un fondo en el que es agradable estar. Melodías ligeras, reconocibles y no tanto, subrayan el ambiente de la película sin acaparar el protagonismo. Es una habilidad poco común: permitir que la música sea parte de la historia, no su principal altavoz.
Por supuesto, no todo es perfecto. Hacia el tercer acto, el guion empieza a apresurarse. Los personajes se lanzan hacia los sentimientos, y la lógica de lo que ocurre se sacude las preguntas como una mosca molesta. El desenlace es predecible desde el principio y a veces parece demasiado fácil: la pérdida es efímera, los obstáculos no son tan insuperables como exige el género.
Pero, sinceramente, después del torrente de dramas pesados, todo esto se siente más como un acierto que como un defecto. A veces uno quiere que el amor cinematográfico sea grandioso y todopoderoso, sin reflexiones excesivas ni moralismos. Y no hay que olvidar que ante todo es una comedia: si fuera otro género, probablemente el final sería más contundente desde el punto de vista dramático.

El joven equipo de creadores puso el máximo esfuerzo en el proyecto, y eso se nota. La directora Daría Lébedieva, la guionista Olesia Lijachova, el productor Gueorgui Shabánov: todos ellos creían claramente en lo que hacían. Y esa fe se transmite al espectador. La película se siente cálida, luminosa, conmovedora, sin conflictos forzados ni iluminaciones tediosas.
Es una comedia romántica que no teme ser romántica, no se avergüenza de su ligereza y no intenta parecer más inteligente de lo que es. Y en eso reside su fuerza. «Vuelves loco» demuestra que sabemos hacer cine sobre el amor: sincero, hermoso, con la dosis justa de magia. Hay que verla, aunque solo sea para convencerse de que la comedia romántica rusa por fin lo logró.
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