
En Apple TV+ ha terminado la primera temporada de «Sugar», un estiloso detective con Colin Farrell que quiere sorprender al espectador pero más bien causa perplejidad.
John Sugar (Colin Farrell), un detective privado especializado en encontrar personas, recorre el soleado Los Ángeles en su lujoso descapotable. Un nuevo encargo lo lleva al famoso productor de cine Jonathan Siegel (James Cromwell), cuya querida nieta ha desaparecido. Sugar, un amante del cine, no puede negarse a ayudar a alguien de Hollywood. Pero cuando comienza a indagar en el caso, salen a la luz muchos aspectos desagradables de la fábrica de sueños, y los propios demonios del detective no le facilitan el éxito.

«Sugar» funciona como un gran episodio piloto cuyo objetivo es captar la atención y vender un producto aún no terminado. Tiene una imagen estilosa, con un Farrell impecable que irradia carisma como un héroe del cine negro de los 50, respaldado por una voz en off melancólica. Integra ingeniosamente el juego cinéfilo «Adivina qué película es», ya que el protagonista adora el cine y en la pantalla aparecen constantemente fragmentos relacionados con los acontecimientos. Por eso, al verla, te sientes como en un concurso de cine hardcore.
Desde «Heat» hasta «Sed de mal»: una selección de películas que aparecen en la serie «Sugar».
Abrir material«Vale», piensa el espectador. «Estoy dentro. Espero que la historia sea igual de atrapante». Y aquí la serie empieza a desmoronarse.
Como detective, es mediocre. Sugar recorre la ciudad, hace preguntas a los implicados, intenta provocar a los familiares de la desaparecida y a sus conocidos para que confiesen. Y eso es todo. No hay pistas ingeniosas que ayuden no solo al héroe titular, sino también al público a construir teorías. Tampoco hay intrigas más allá de la identidad del secuestrador. Esos interrogatorios están escritos de la manera más perezosa.

Como obra dramática, «Sugar» no funciona. No sabemos casi nada del héroe, excepto que perdió a su hermana (lo que le lleva a buscar personas), no evoluciona, por lo que es difícil empatizar con él. Además, el personaje de Farrell es casi un superhéroe: se enfrenta a una multitud de matones, calma a perros guardianes y da dinero a un vagabundo. Y todos sabemos por qué la gente apoya a Batman y no a Superman.
Los personajes secundarios tampoco tienen mucha profundidad. Está Ruby (Kirby), amiga y colega de Sugar, que se preocupa por él sin más. Está Melanie (Amy Ryan), el interés amoroso de John, que se supone que es la femme fatale local, si no, ¿de qué noir hablamos? Pero su trama está escrita con la mano izquierda en los descansos para el café, y no hay química entre los actores.

Lo más interesante en este sentido resultó ser la excéntrica familia Siegel. Ahí se entrelaza el lado oscuro de Hollywood, con el silencio sobre el acoso, los problemas de la vida de las estrellas, etc. Da la sensación de que si los autores se hubieran centrado en este aspecto, combinándolo con la investigación, habrían logrado una obra más coherente. Pero eligieron otro camino.
En el sexto episodio, los creadores sacan el conejo de la chistera. Con un giro cuyas pistas eran más sutiles que el sentido del humor de Ricky Gervais, cambian audazmente el género, el paradigma y el contenido de la trama. Pero tras el efecto sorpresa (que es real, porque pocos logran ocultar un giro tan hábilmente) no viene absolutamente nada. Las nuevas circunstancias justifican un poco lo ocurrido antes y dejan la puerta abierta a una continuación que, en principio, no estaba planeada (el proyecto se anunció inicialmente como miniserie).

El resultado es una serie desigual y extraña. Se balancea entre el noir clásico, siguiendo sus reglas la mayor parte del tiempo, y los intentos de sorprender al espectador con un giro WTF, apostando principalmente por la atmósfera y la personalidad de Farrell. Como experimento, resulta curioso, pero como obra completa, se acerca más al fiasco.
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