
Armando Iannucci, en su nueva película "La historia personal de David Copperfield", intentó adaptar el gran texto de Dickens sin renunciar a su estilo característico.
A veces, después del trabajo, lo único que apetece es tomar una taza de buen té negro, abrazar a tu gato (o perro, según prefieras) y poner una película ligera y positiva. Analicemos por qué «La historia personal de David Copperfield» (The Personal History of David Copperfield) es perfecta para una de esas noches.
¿De qué trata la historia?
La octava novela de Charles Dickens, en gran medida autobiográfica, es uno de los ejemplos clásicos de las novelas de formación. Además, la trama general seguramente les resultará familiar a muchos. Un niño que pasa una infancia relativamente feliz se convierte en víctima de un malvado padrastro, se ve obligado a abandonar su hogar y a intentar sobrevivir por sí mismo: levanten la mano si el planteamiento les suena conocido.
Por tanto, la tarea del director es aún más compleja: tomar una historia algo trillada y presentarla al público con un toque especial o con un nuevo envoltorio; y el hecho de que en la silla del director esté Armando Iannucci, conocido recientemente por su anterior película, «La muerte de Stalin», no hace sino aumentar el interés por la cinta.
Indudables aciertos de «La historia personal de David Copperfield»
Lo primero que salta a la vista es el estilo. Vibrante, luminoso, con un ritmo narrativo trepidante que, sin embargo, deja momentos de respiro. Gracias a ello, todo lo que ocurre en pantalla recuerda más a un cuento de hadas: un cuento brillante sobre la vida en la época victoriana, con ciertas convenciones que se aceptan con los brazos abiertos.
Mención aparte merece el diseñador de vestuario: ¡es imposible apartar la vista de los trajes! Siempre variados, siempre reflejando perfectamente el estado emocional o el carácter del personaje, sin resultar baratos ni vulgares.
Los decorados y los exteriores aportan a la atmósfera un encanto cautivador: a veces el de la campiña británica, a veces el de una metrópolis sucia pero viva. Es muy fácil contagiarse de la felicidad que irradian los ojos del joven David al ver por primera vez un lugar u otro.
Decisiones cuestionables
A continuación llegamos a los actores, y aquí el espectador ruso medio siente la primera oleada de incomodidad. La presencia de representantes de minorías raciales en la alta sociedad londinense de la época es una licencia bastante fuerte. A la luz de las noticias sobre las nuevas condiciones para la entrega del premio Óscar, es inevitable pensar en una «selección por cuotas». Sin embargo, el fenómeno del «casting ciego» no es nuevo, y todos los actores actúan de manera bastante uniforme, por lo que esta licencia se perdona fácilmente.
Mucho peor es que la actuación en esta película resulta bastante... insípida, lo que resulta especialmente molesto teniendo en cuenta los grandes nombres del cine británico. Peter Capaldi y Hugh Laurie están, como siempre, excéntricos; Tilda Swinton, como siempre, majestuosa. Destacan un poco Dev Patel y Ben Whishaw, a quienes es interesante observar, lo que ayuda a no pensar en la falta de originalidad de sus personajes.
También es muy interesante reflexionar sobre la diferencia de mentalidad entre el público ruso y el británico. A lo largo de la película, el talento para la escritura de David Copperfield se manifiesta principalmente a través de su sorprendente capacidad para crear una metáfora acertada para cualquier ocasión y para cualquier persona que aparece en su vida. Estas metáforas gustaron tanto a los cineastas angloparlantes que el guion ya ha recibido el Premio del Cine Independiente Británico. Es aún más curioso que, para el espectador ruso, un exceso de analogías, además desprovistas del juego de palabras inglés, pueda parecer forzado.
¿Qué no funcionó?
El mayor defecto de la película es el desequilibrio entre el drama y la comedia. Ninguno de los dos resulta convincente por separado: los gags no provocan muchas ganas de reír, ni el patetismo incita a la tristeza. Y la película tampoco sabe cómo hacer la transición de una escena amable y completamente inverosímil a un realismo romántico y brutal. Estas transiciones son tan bruscas que la primera reacción del espectador es suponer que todo lo amable y de cuento de hadas que ha ocurrido hasta ese momento no es más que la fantasía del protagonista.
Conclusión
A pesar de los aspectos negativos, la película es maravillosa, ligera, luminosa y amable, y su mensaje principal no se pierde entre los elementos brillantes y excéntricos. Si te gustan Dickens, Jane Austen o las hermanas Brontë en una atmósfera que recuerda vagamente a las películas de Wes Anderson, aunque sin su característico encuadre simétrico, esta película sin duda te gustará. Lo principal es no esperar algo muy novedoso, pero ¿quién ha dicho que eso sea siempre malo?
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