

El tiempo es el artista más despiadado y generoso. Borra implacablemente unos colores y añade otros, convirtiendo la vida cotidiana en un lienzo del que no puedes apartar la mirada.
Nueve meses. La edad en la que el mundo deja de ser solo un fondo y se convierte en un objeto de estudio minucioso. La cereza en un cuenco blanco ya no es solo una baya. Es el primer laboratorio de sabor, color y sensaciones táctiles. Los deditos que exploran cada baya son el método científico en estado puro. Sin prejuicios, con absoluta sinceridad.
Vera descubre el mundo. Y yo observo con reverencia cómo en sus ojos se enciende la comprensión: esto es rojo, esto es dulce, esto se puede. Cada día es un descubrimiento. Cada minuto, un experimento.
Y aquí debo decir lo principal. Lena, mi amada. Lo que haces por nuestra hija no se puede medir ni describir con palabras. No solo le das tiempo y esfuerzo. Le entregas todo tu ser: tu ternura, tu sabiduría, tu infinita capacidad de amar sin reservas. Le enseñas el mundo no con lecciones, sino con cada caricia, cada mirada, cada noche de insomnio convertida en cuidado. Eres el fundamento sobre el que se construye su confianza en que el mundo es bueno. La brújula que aún no ve, pero ya siente.
Las amo a ambas. No por algo, sino a pesar de todo el impredecible fluir de la vida. Por el calor que crean. Por ese sentimiento de hogar que no está atado a un lugar, sino que vive en sus sonrisas.
Nueve meses es solo un prólogo. Pero qué hermoso ha resultado. Gracias a ti, Lena. Gracias a ustedes, mis niñas ❤️❤️❤️
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