El cine deportivo en Rusia siempre ha estado en una zona de especial riesgo: es demasiado fácil caer en una propaganda patriótica o en un melodrama empalagoso donde el deporte es solo un decorado para la historia de amor. Como ocurrió este año con la serie «Sobre el hielo» y lo que presagia para la serie «Jive».
«Primera raqueta», estrenada en la plataforma Wink, se convierte en un raro ejemplo de equilibrio, donde se cumplen las expectativas del género, pero sin sacrificar la profundidad psicológica. La serie cuenta la historia de Katia, una tenista de veintidós años que, tras una serie de fracasos y dramas personales, tiene la oportunidad de empezar de cero bajo la dirección del controvertido y desconfiado entrenador Igor Strelnikov.
La sinopsis suena casi como una fórmula, pero la ejecución lleva el proyecto más allá de una saga deportiva banal. El foco de los creadores no está tanto en la persecución de copas y rankings, sino en la lenta, a veces dolorosa, recuperación del alma humana, que aprende a confiar en el mundo, aceptar las derrotas y no huir de sus sombras.
Y aquí, la clave del éxito de la serie es Polina Gukhman. Su Katia es un ser espinoso, desconfiado, acostumbrado a contar solo consigo misma y no esperar ayuda, pero es precisamente en esa armadura protectora donde asoma una fragilidad tan sincera que el espectador no puede evitar empatizar con ella sin reservas.
Gukhman logra transmitir toda una gama de estados: desde el miedo animal ante el gran escenario hasta la fría determinación, cuando ya no ves la pelota sino que la sientes en la espalda. Danila Kozlovsky en el papel de Strelnikov no sobreactúa, como a veces ocurre con sus personajes en pantalla, sino que muestra un dolor masculino contenido y cansado de un hombre que una vez no pudo manejar la carga de expectativas y ahora teme volver a creer en un milagro. Su dúo no se basa en peleas y reconciliaciones efectistas, sino en silencios tensos, contactos no verbales y diálogos raros pero precisos, donde cada palabra tiene peso. Es esta química actoral la que convierte la historia estándar de «entrenador-protegido» en algo más: en una exploración de la relación entre dos soledades, obligadas a encontrar un lenguaje común a través de la pelota y la raqueta.
También merece una mención especial el componente visual del proyecto. Los creadores lograron evitar la principal trampa de los dramas deportivos: la estática. Las escenas de tenis están filmadas con un alcance cinematográfico: el trabajo de cámara atrapa con ángulos, la cámara parece respirar con los jugadores, acercándose a los rostros sudorosos en momentos de máxima tensión, y elevándose para mostrar la geometría de la cancha y el rápido movimiento de los atletas. No es solo una grabación de partidos, sino una partitura visual completa, donde cada golpe y cada ritmo perdido reflejan el estado interno de los personajes.
Además, la serie no peca de un excesivo patetismo, del que a menudo adolecen los proyectos sobre grandes deportes. En su lugar, hay un pragmatismo frío de la vida en los torneos, donde la victoria es trabajo y la derrota no es una catástrofe, sino una razón para analizar. El guion, escrito con un claro conocimiento de la cocina del tenis, entrelaza cuidadosamente en la trama los matices de los rankings, contratos, partes médicos y cargas psicológicas, lo que añade una verosimilitud documental a lo que sucede.
Sin embargo, no se pudo evitar por completo los clichés del género: las imágenes de las rivales, el entorno y los entrevistadores de los periódicos a veces resultan figuras demasiado esquemáticas, y algunos giros argumentales se adivinan con varias series de antelación. Pero en este caso, la previsibilidad juega más a favor: permite no distraerse con intrigas externas y concentrarse en aquello para lo que se concibió el proyecto, es decir, la evolución interna de la protagonista. Además, los creadores tratan la línea amorosa con una delicadeza sorprendente, sin convertir la historia en otro triángulo melodramático, dejando el subtexto romántico más como telón de fondo que como motor de la trama.
En definitiva, «Primera raqueta» resulta ser ese caso raro en el espacio serial ruso contemporáneo en el que un trabajo de género adquiere de repente rostro y carácter. No es una película sobre copas ni sobre gloria: trata de cómo encontrarse a uno mismo después de que el mundo te ha dicho «no», cómo aprender a perder con dignidad y a ganar sin desgarro. La serie tiene estilo visual y, lo que es importante, tiene el deseo de hablar con el espectador de igual a igual, sin tono paternalista ni moralización insistente. No aspira a ser un superéxito, pero es honesta, bien construida y, como se dice, filmada con amor por su personaje y por el juego al que dedicó su vida.

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