Esta semana llega a los cines rusos un nuevo thriller de acción del director británico David Mackenzie («Sin tregua»), en el que Sam Worthington atraca un banco, Aaron Taylor-Johnson desactiva una bomba y el espectador lo observa sin pestañear.

Una mañana gris y anodina en el centro de Londres, unos obreros descubren una bomba sin explotar de la Segunda Guerra Mundial. Al lugar del peligroso hallazgo se dirige de inmediato un oficial artificiero (Aaron Taylor-Johnson). Mientras la zona es evacuada apresuradamente, un grupo de experimentados ladrones liderados por un gánster local (Sam Worthington) atraca un banco. Todo parece una operación meticulosamente planeada. Pero en algún momento, el plan perfecto se desmorona y se descubre que el círculo de implicados en el robo es mucho más amplio de lo que parecía a simple vista.

Tras el rotundo éxito de «Sin tregua» —un neowestern que merecidamente alcanzó estatus de culto—, el director David Mackenzie parecía poder permitirse el lujo de elegir proyectos más grandes y ruidosos. Pero el cineasta británico no quiso precipitarse. Tomándose un respiro, dio tiempo para digerir lo sucedido no solo al público y a la crítica, sino también a sí mismo. Luego regresó a su ritmo habitual: una película al año, sin intentar volar más alto de lo que puede, manteniéndose dentro de los límites de los géneros que conoce bien. Es decir, en los clásicos de siempre: sin grandes pretensiones de éxito de taquilla, pero bien construidas y sólidamente escritas.

En 2022, Mackenzie dirigió un par de episodios de la serie «Bajo el estandarte del cielo», encontrando en el gótico sureño motivos afines a los suyos. Y en 2024 estrenó el thriller de espías «El despachador» —una película donde detalles como una máquina de cifrado para sordomudos que el héroe usaba como medio de comunicación y una atmósfera paranoica que remite a «La conversación» y «El cuchillo en el agua» eclipsaron con creces la trama simple y la intriga poco sofisticada. El trabajo fue valorado por ambas partes: la crítica, por su habilidad para resucitar los clásicos thrillers de espías; el público, por una acción bien armada.

Fotograma de la película «Atracar Londres»
Fotograma de la película «Atracar Londres»

Y ahora, apenas un año después, Mackenzie (de nuevo sin hacer ruido) estrena una nueva película: «Atracar Londres». El título original, Fuze («Espoleta»), quizá transmite mejor la esencia. En esta ocasión, el director decidió rodearse de un equipo de compatriotas de la brumosa Albión, quizá para reducir costes. Acostumbrado a lograr la máxima expresividad con el mínimo de medios, Mackenzie manejó sin problemas un presupuesto que claramente no era demasiado generoso.

Invita al papel principal a Aaron Taylor-Johnson (cada película lo vuelve más rudo y más dispuesto a desnudarse ante la cámara), para papeles secundarios a Sam Worthington, que ya había aparecido en «El despachador», y a Gugu Mbatha-Raw. Y el máximo tiempo en pantalla se lo asegura a la estrella de «Lotus» Theo James, a quien al principio se podría confundir con el antagonista. Pero, digámoslo ya, tendrá que cambiarse la máscara más de una vez en la película.

Los primeros quince o veinte minutos de «Atracar Londres» recuerdan a «Heat» de Michael Mann, y luego se convierten en un laberinto argumental donde en cada recodo aguarda una sorpresa. Con una duración modesta para los estándares actuales, la cinta se ve casi de un tirón, y está muy por encima de intentos recientes en el mismo género, como «Atraco en Los Ángeles» o «Dúo peligroso».

El secreto, como siempre, es simple. Mackenzie presta atención primordial a la acción y a los eventos en pantalla, no a los monólogos internos de los personajes. Primero lo primero, como se dice, los aviones, y para hablar de corazón ya habrá tiempo. Eso sí, no todos los personajes están destinados a ello: algunos no llegarán vivos a las charlas íntimas. Pero eso, claro, es ya otra historia.

Fotograma de la película «Atracar Londres»
Fotograma de la película «Atracar Londres»

Mackenzie, mientras tanto, no pierde el tiempo: ya en los títulos de crédito iniciales, sin calentamiento previo, con una banda sonora pulsante, sumerge al espectador en el torbellino de acontecimientos de una gris mañana londinense. El primer tercio de la película está repleto de personajes; su cantidad puede abrumar un poco al principio. Pero para cada uno, el director tiene reservado su papel, así que no habrá confusión. Todo esto recuerda inevitablemente a los primeros trabajos de Guy Ritchie (especialmente teniendo en cuenta la intriga final y los diamantes que aparecen de repente). Y el propio Mackenzie parece no avergonzarse de los paralelismos: deja claro que estamos ante la película más británica de la carrera del británico en los últimos tiempos.

A pesar de la evidente mirada a los maestros consagrados del género, Mackenzie evita obstinadamente el riesgo de diluirse en entonaciones ajenas sin una mirada autoral propia. Por eso, en una película sobre un atraco a un banco hay un mínimo de disparos, pero un máximo de trabajo esforzado.

  Worthington y su grupo perforan paredes sudando la gota gorda, no desdeñan las alcantarillas y manejan el mazo. El valiente oficial artificiero interpretado por Johnson desactiva la vieja bomba recurriendo a todo un arsenal de medios, desde un simple estetoscopio hasta complejos mecanismos magnéticos. Los agentes movilizan fuerzas y evacuan a la población de la zona donde se ha hallado el mortífero artefacto. En resumen, en la película todos trabajan de una u otra manera.


Y Mackenzie, que antes no perdía ocasión de darle una patada al capitalismo, en «Atracar Londres» vuelve a darse ese gusto: si no ensalzando el trabajo humano en particular (se trata de un atraco, al fin y al cabo), sí tratando al resto con todo el respeto posible. En cuanto a la bomba, alrededor de la cual gira toda la acción, no es solo un artefacto argumental, sino un eco inquietante que últimamente se oye cada vez con más claridad.

Mackenzie no advierte ni recuerda, sin erigirse por encima de los demás; su papel es modesto, como la propia película. Él, como nosotros, simplemente sigue las noticias.