
Once meses. Una edad en la que cada día es una pequeña revolución de la conciencia.
Ayer las flores eran solo una mancha brillante que se podía llevar a la boca. Hoy, un objeto de estudio minucioso, un motivo de concentración y ternura. Ayer la pirámide era un conjunto de anillos de colores. Hoy, un desafío que hay que aceptar, una tarea que requiere solución.
Observar este proceso es como ver cómo se abre un capullo. No puedes acelerar el tiempo, no puedes hacer que los pétalos se abran más rápido. Solo eres testigo, conteniendo la respiración, de cómo la naturaleza hace su trabajo: implacable, elegante, perfecto.
Esto es la verdadera magia. No en los cuentos, sino en una habitación común, en una manta común, con juguetes y flores comunes. El milagro de la transformación de un ser indefenso en una persona: con carácter, con curiosidad, con voluntad propia.
Y aquí no puedo dejar de decir lo principal.
Elena, mi amada. Lo que haces no es solo cuidado. Es arte. No solo crías a una hija. Creas un espacio donde esta magia puede suceder. Eres el fundamento sobre el que se construye su confianza en el mundo. Ese amor que le da el coraje para explorar, tocar, probar.
Gracias por este milagro. Por cada día que conviertes en una celebración del desarrollo. Por la paciencia, por la ternura, por la sabiduría con la que ayudas a Vera a conocer este mundo.
Once meses es casi un año. Pero para mí también son once meses de felicidad absoluta de ser padre. Y la mayor parte de esa felicidad te la debo a ti.
Nuestras niñas son lo mejor que hay en mi vida.
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