Ayer me golpeé la nariz contra el vidrio en el autobús y pensé en las personas que han tenido la mayor influencia en mi vida. ¿Qué las une? ¿Qué me enseñaron? ¿Qué aprendí yo de ellas?
Cada una de ellas, curiosamente, en esencia me enseñó solo una cosa: la tolerancia. Cada una lo hizo en la medida en que la tolerancia estaba presente en ellas mismas, pero lo hicieron con la plena certeza de que me estaban enseñando a ser feliz.
Y tenían razón.
En la Declaración de Principios sobre la Tolerancia, adoptada por la ONU en 1996, hay una frase maravillosa: «La tolerancia es la armonía en la diversidad».
Y en el Diccionario Filosófico Enciclopédico se dice: «La tolerancia es un signo de confianza en uno mismo y de conciencia de la fiabilidad de las propias posiciones, un signo de una corriente ideológica abierta a todas las ideas, que no teme la comparación con otros puntos de vista y no evita la competencia espiritual».
A nuestra sociedad le han quitado toda la armonía de la diversidad. Nos han puesto delante las letras F, E, L, I, C, I, D, A, D y nos han dicho que formemos la palabra «FELICIDAD».
¿Y qué hemos hecho?
Nos hemos dedicado a formar con esmero. Porque casi siempre asumimos que existe alguna otra posibilidad de ser felices, permitimos experimentos.
Somos una sociedad lo suficientemente desarrollada. Entendemos perfectamente que en un mundo donde existe la moral universal como brújula y un instrumento de corrección llamado conciencia, el concepto de pecado es un rudimento. Y no como los pezones masculinos, sino dañino.
Pero nos sentamos sobre fragmentos de hielo, asumimos que la palabra FELICIDAD se formará de todos modos, o que, al final, llegará la primavera, los trozos de hielo se derretirán de una vez por todas, y nos enviarán a formar la felicidad con otra cosa.
Porque la primavera siempre llega. Lo sabemos con certeza. Al igual que sabemos de qué hay que formar la palabra. Y que seguiremos permitiendo experimentos de formación con materiales inadecuados.
Esta es la paradoja de la tolerancia rusa. En la que yo misma estoy atrapada.
Por cierto, ha llegado la primavera.
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