Después de la nacionalización, la gestión de todos los activos petroleros en el territorio de Irán fue transferida a una nueva estructura estatal: la Compañía Nacional de Petróleo de Irán (NIOC). La nacionalización provocó de inmediato una grave crisis internacional. Gran Bretaña, cuyos intereses se vieron directamente afectados, impuso medidas de presión económica contra Irán. Los especialistas británicos abandonaron Abadán y las empresas extranjeras se negaron a comprar petróleo iraní. Además, se impuso un boicot internacional de facto a los suministros de petróleo iraní. Como resultado, la industria petrolera del país quedó paralizada.
La refinería de Abadán se encontró en el centro de esta crisis. A pesar de los intentos de las autoridades iraníes de continuar la producción por sus propios medios, la falta de técnicos especializados, repuestos y mercados internacionales de venta hizo que el funcionamiento de la planta fuera prácticamente imposible. En 1951, la producción en la refinería más grande del mundo se detuvo efectivamente. La ciudad, que había vivido durante décadas de la industria petrolera, entró en una recesión económica. Muchos trabajadores perdieron sus empleos, el comercio se redujo y la infraestructura, diseñada para el rápido desarrollo de la economía petrolera, comenzó a deteriorarse.
Esta paralización no solo tuvo importancia económica, sino también política. Abadán se convirtió en un símbolo de la lucha de Irán por el control de sus recursos, pero también en un ejemplo de cuán dependiente era la economía nacional del sistema petrolero internacional. El boicot al petróleo iraní redujo drásticamente los ingresos estatales y aumentó la tensión política interna.
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