Un hombre despierta en una nave espacial. Solo. No recuerda quién es, ni qué hace allí, ni por qué tiene la cara de Ryan Gosling. Un comienzo que hemos leído y visto muchas, muchas veces. Se puede desarrollar en cualquier dirección, pero siempre termina siendo terror: laberintos de cubiertas donde retozan monstruos, pitidos nerviosos de sistemas averiados, inteligencias artificiales misántropas. Y algo siempre te mira desde la oscuridad. Dispárales en las piernas, Ryan.

Aquí todo podría haber sido exactamente igual, si no fuera por Andy Weir, en cuya novela se basa "Proyecto". ¿Recuerdan "The Martian" de 2015? ¿Esa donde Matt Damon cultivaba patatas en el planeta rojo y se salvaba gracias a la ciencia, el humor y un deseo indomable de vivir? Weir sabe escribir exactamente ese tipo de historias: con la fe en que una persona con la mentalidad adecuada puede resolver cualquier problema, incluso si el problema es del tamaño de una estrella. Que el universo no es un enemigo ni un vacío indiferente, sino más bien algo así como un problema muy complejo. Que los humanos, en general, son criaturas decentes y se puede llegar a un acuerdo con cualquiera.

Y no, esto no es un "mundo de imaginación humanitaria" (like si captaste la referencia), donde personajes esquemáticos intercambian réplicas estrictamente funcionales. Allí viven los héroes de Chris Nolan. Pero Gosling aquí está vivo. Es divertido. Es intenso. Es ridículo. Murmura algo para sí mismo, tararea desafinado, maldice la máquina de café rota y no sabe en absoluto cómo verse cool.

Entra en pánico. De verdad, sin elegancia, con ojos llorosos y voz entrecortada. Luego se limpia la nariz, abre un cuaderno y empieza a calcular. Porque es interesante, ¿funcionará o no?

#vi_una_película