Para el Día de la Cosmonáutica, mi festividad favorita de la infancia, les escribí una breve publicación sobre el estado de las ideas de extracción de recursos en el espacio.

En 1997, el profesor de planetología de la Universidad de Arizona, John S. Lewis, publicó el libro «Mining the Sky», que se convirtió en un verdadero manifiesto de todos los defensores de estas ideas. Basándose en cálculos científicos y económicos, afirmó que la humanidad no tendría que luchar en el futuro por los restos de minerales en la Tierra, ya que justo sobre nuestras cabezas se almacenan riquezas inimaginables. Lewis también proporcionó cifras, por ejemplo, valoró los metales de un solo asteroide, Amun, relativamente pequeño, en 15 billones de dólares, y propuso utilizar materias primas extraterrestres y agua para construir centrales eléctricas orbitales y repostar naves espaciales. A pesar de lo fantástico, el texto obviamente formó la conciencia de toda una generación de ingenieros y empresarios, convenciéndolos de que la minería espacial no es una fantasía de románticos, sino una forma pragmática de resolver los problemas energéticos y de materias primas de nuestro mundo.