"¡Es que tienes suerte con la genética!
¡Claro, a ti te resulta fácil hablar, tienes buen metabolismo!"


Cuando escucho esto, no sé cómo reaccionar. Porque desde fuera solo se ve el resultado final, mientras que la fascinante serie de siete años que hubo detrás de mi «genética» y «suerte» quedó modestamente fuera de escena.

Ahora, con casi 43 años, mi metabolismo debería ser más lento que a los 25.

Sin embargo, fue a los 25 cuando empecé a hincharme como si estuviera levadura. Midiendo 162 cm, se me pegaron 10 kilos y me sentía, por decirlo suavemente, horrible.

De los jeans me sobresalían los michelines que odiaba. Debajo del sujetador aparecieron rollos que se marcaban a través de la ropa. Me veía como ese cerdito de «¡Bueno, espera!» que tiene pliegues por todo el cuerpo.

En el armario colgaban vestidos y jeans que me quedaban pequeños, pero que no me atrevía a tirar. ¡Porque estaba a punto de adelgazar! Al final, la ropa pasaba de moda sin problemas, y no entraba en ella ni con lubricante.

¿Ir a la playa? Dios me libre, con esa celulitis.

Sentía que para ser completamente feliz solo me faltaba deshacerme de los michelines y los rollos. Lo más importante era poder por fin relajarme, no pensar en adelgazar ni en la comida.

Y la tarea parecía sencilla: perder al menos cinco kilos. Pero ni siquiera eso lograba.

Lo más irritante era que no estaba tirada en el sofá pensando que se resolvería solo. ¡Siempre estaba haciendo algo!

Contaba calorías, me cansaba de ese control, comía sin medida y luego volvía a contar. Sin resultados.

En el gimnasio trabajaba como una condenada, pero después de los entrenamientos tenía tanta hambre que arrasaba con todo. Luego intentaba compensarlo en el siguiente entrenamiento. Hola, círculo vicioso del samsara.

Mejor ni preguntes sobre cardio en ayunas y días de descarga: es más fácil decir qué tonterías NO probé, hasta diuréticos.

Creía que solo me faltaba fuerza de voluntad y disciplina. Que necesitaba encontrar la forma «correcta» de adelgazar y por fin cumplirla a rajatabla.

Pero el problema no era la elección del método, sino que no tenía en cuenta mi ritmo de vida, nivel de estrés, ni siquiera mis preferencias alimenticias.

Por eso, cualquier plan funcionaba hasta el primer imprevisto en el trabajo, vacaciones o estrés fuerte. Luego todo se iba al traste y empezaba de nuevo.

Detrás de mi genética y «a ti te resulta fácil» hay años en los que no sentí ninguna facilidad. Hubo mucha vergüenza, enfado conmigo misma, intentos de recomponerme, recaídas y decisiones extrañas.

Desde fuera siempre se ve solo el resultado. Todos esos años de intentos suelen quedar fuera de escena.
Esa es mi «suerte».

La verdadera facilidad llegó cuando dejé de buscar otro método y de pensar en términos de «tengo que encontrar una forma y aguantar», y finalmente empecé a construir un sistema.

Lo más interesante es que no hay fuerza de voluntad, prohibiciones ni esfuerzos hasta reventar.
Así es como una se convierte en esa bruja que come y no engorda. Porque detrás hay un sistema, no suerte con la genética. ¡Y ni siquiera hace falta vender el alma al diablo!

🔥— escribe qué sistema es ese

❤️— quiero ser una bruja que come y no engorda. ¡Y además un caramelito!