En este contexto, voy conduciendo y pienso en qué tan aceptables son los límites estrictos en la comunicación con los clientes.
Siempre fui partidaria de esos límites, pero ahora, trabajando en un gran grupo de agencias, veo que no todos usan el látigo a tiempo.
Debido a esto, los contratistas se convierten en una especie de saco de boxeo y chivo expiatorio constante.
Yo, en cambio, trato de ahorrar mis células nerviosas y no permitir que se desquiten conmigo, ni hacer que yo o mis subordinados/empleados seamos culpables de todo.
No sé quién tiene razón. Quizás si fuera más maleable para los golpes, ya sería millonaria.
Por ahora, mi riqueza es el agradecimiento de las personas que ejecutan mis tareas.
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