








Parece que la felicidad nunca llega ruidosamente. Se esconde en un rayo de sol, en el lento fluir del río, en el humo que huele a verano más que cualquier recuerdo.
No necesita palabras. Se reconoce por cómo el tiempo de repente deja de apresurarse. Cuando los animales duermen sin preocupaciones. Cuando las manos encuentran una tarea sencilla. Cuando el agua continúa su movimiento y tú, por primera vez en mucho tiempo, no intentas alcanzarla.
Probablemente, la vida se compone de momentos que parecen completamente ordinarios. Y solo después te das cuenta de que fueron ellos los que se quedaron contigo para siempre.
Porque son esos momentos los que luego se convierten en aquello que extrañas.
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