Quizás hayas olvidado (o incluso no supieras) que hace un tiempo declaré que mi blog trata sobre minimalismo digital. Si no completamente, al menos en parte. Y hace tiempo que no escribía sobre ello.

En fin, hace poco decidí volver a la era analógica. Leer libros de papel en lugar de pelearme en Pikabu, fotografiar con carrete en lugar de stories, volver a escuchar mis álbumes favoritos en lugar de podcasts.

Y también probar la llamada «descentralización del smartphone». Internet nacional aún guarda silencio al respecto, pero en el extranjero es toda una tendencia.

En resumen, la idea es trasladar algunas funciones del smartphone a otros dispositivos. Para, al final, pasar menos tiempo enganchado al móvil.

Y dentro de esta historia, decidí comprarme un reproductor de música. Sin streaming ni nada. Ya cuando estudiaba en la universidad quería un iPod clásico. Pero entonces no se dio.

Empecé a mirar Avito en busca de algo que funcionara. Y luego recordé que tenía un viejo iPhone 3GS en algún estante.

Busqué. Lo encontré. ¡Funciona! Y hasta la batería está nueva. Increíble.

Y entonces, como quien dice, el juego cambió.

Seguramente ya lo habrás olvidado, pero es un dispositivo genial. Es bueno en todo: el factor de forma (hola a las palas actuales que no se pueden sostener con una mano), el esqueumorfismo, cuando las «Notas» parecían una libreta de papel y el «Calendario» un calendario de escritorio real.

Además, el rollo, sin duda.

Y las fotos que hace. Sí, los detalles y todo lo demás dejan que desear. Pero ahí está su encanto. Cuando no tienes cinco cámaras, sino solo una. Y el zoom solo digital.

En fin, los últimos dos meses apenas me separo de él. ¿Estaré envejeciendo?