Antes de esto, había intentado llevar un blog en varias ocasiones. Empezaba y luego lo dejaba. Una y otra vez. Nada funcionaba: intentaba llegar a un acuerdo conmigo mismo, hacía declaraciones públicas, me regañaba cada vez que llegaba un estancamiento.
Y solo cuando empecé a escribir todos los días, el proceso avanzó. Al principio fue motivación externa, porque las reglas del desafío son bastante estrictas: si te saltas un día, recibes una multa; si no pagas la multa, quedas fuera.
Pero día tras día, la motivación externa se convirtió en hábito. Con el tiempo, ya no necesitaba mirar la agenda diaria: recordaba que cada día debía escribir una publicación. Sin importar lo que sucediera, sin importar dónde estuviera, la publicación era obligatoria.
Mi racha más larga duró 85 días. Pero cuando de repente se interrumpió, no sentí amargura ni decepción. Perdí la racha, pero no el hábito. Así que simplemente al día siguiente comencé una nueva.
Ahora escribo en un formato más libre y cómodo para mí. Pero lo principal es que ya no tengo miedo de abandonar el blog. Es más, el año pasado también empecé a grabar en YouTube.
El poder de los pequeños pasos está enormemente subestimado. Con este ejemplo, finalmente entendí que para tener éxito en algo, solo hay que seguir avanzando.
Poco a poco, pero constantemente.
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