Recientemente me topé con los álbumes de fotos que mi papá solía coleccionar. Al hojearlos, de repente recordé claramente mi admiración infantil por sus imágenes. No eran solo fotos de personas.
Los retratos eran parte del paisaje. ¡Y qué decir de todo un archivo de aves con leyendas, tomadas con una cámara con teleobjetivo: fotos en las que querías sumergirte!
Me fascinaba esa habitación roja. Misteriosa, a media luz. Recuerdo entrar allí y escuchar la voz de papá: «¡Cierra la puerta rápido!».
Hojear estos álbumes ahora me hizo comprender: mi amor por la fotografía comienza justo allí. Como si hubiera absorbido esas imágenes, esa mirada, y la llevo a través de mi vida. Todavía conservo con cariño su cámara con teleobjetivo y las fotos. La «Zenit», lamentablemente, no se conservó: mi hermana y yo, de niñas, la olvidamos en el bosque. Entonces entristecimos mucho a papá: para él, esa cámara era un recuerdo de sus años de estudiante.
Pero parece que lo más importante aún permanece. Permanece en mí.